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"Cervantes y Garcilaso"

Artículo escrito por Mariano Calvo

CERVANTES Y GARCILASO

Mariano Calvo

De la simple lectura de la obra de Cervantes se desprende que éste sintió por Garcilaso una admiración ferviente y que se sabía de memoria los versos del divino toledano hasta el punto de haberlos interiorizado de manera indiscernible de su propia inspiración.  

 

Cervantes hace mención explícita de Garcilaso en doce ocasiones, tres de ellas en El Quijote; pero son incontables los préstamos y reinterpretaciones que de los versos de Garcilaso hace a lo largo de toda su producción. Epítetos como “nuestro poeta”, ”nuestro famoso poeta”, “el gran poeta castellano nuestro”, “el jamás alabado como se debe poeta Garcilaso de la Vega ” o incluso el “divino” Garcilaso escapan de la pluma de Cervantes como un desbordamiento de afecto hacia el toledano. De él llega a decir, por boca de un personaje del Persiles, que “su canto fue de lengua en lengua y de gente en gente por todas las de la tierra”. Y en “El rufián dichoso”, Garcilaso y Boscán llegan a ser tildados por Cervantes de “cumbres de la poesía española”.  

 

Las biografías de Cervantes y Garcilaso no llegaron a trenzarse. Una infausta descalabradura en una escaramuza bélica acabó con la vida del poeta de las églogas once años antes del nacimiento de Cervantes. No obstante, la adolescencia de Miguel coincidió con las primeras ediciones de los versos de Garcilaso, de modo que el joven alcalaíno fue testigo, con el despertar de su vocación literaria, del éxito arrollador que desde el principio disfrutaron las obras del autor de las églogas. Posteriormente, ya en su vida adulta, Cervantes formó parte en Madrid de un círculo literario de amigos que tenían al “garcilasismo” como referencia común y distintiva. De modo que, de principio a fin, la carrera literaria de Cervantes estuvo siempre acompañada de la sombra omnipresente y referencial de Garcilaso.  

 

Las vidas del poeta y del novelista parecen separadas por un eje que los enfrenta en una simetría de contrastes. Mientras la existencia de Garcilaso gozó de los brillos de una vida aristocrática, con adorno de penacho militar, la de Cervantes , en cambio, estuvo sometida a inacabables desdichas y precariedades, y su intento de ingresar en la milicia se cerró con un rotundo fracaso.  

 

Con toda seguridad, a Cervantes le hubiera gustado ser como Garcilaso. De buena gana hubiera cambiado su tardo prestigio de novelista por el de poeta, y con gusto hubiera canjeado su larga vida de afanes por la corta pero fulgurante existencia del Salicio toledano.  

 

El primer sueño de Cervantes fue ser un nuevo Garcilaso en la corte de Felipe II. Su otro sueño alternativo, haber alcanzado una capitanía en los tercios, como la que ostentó el toledano. Ni uno ni otro se hicieron realidad.  

 

Que Cervantes aspiró a ser reconocido como poeta, es algo que él mismo declara explícitamente en el “Viaje del Parnaso”:  

 

“Yo, que siempre trabajo y me desvelo 

por parecer que tengo de poeta 

la gracia que no quiso darme el cielo”...  

 

Y Don Quijote, transparentando la opinión del propio Cervantes, dice, ensalzando el valor de los poetas: “según es opinión verdadera, el poeta nace: quieren decir que del vientre de su madre el poeta natural sale poeta; y con aquella inclinación que le dio el cielo, sin más estudio ni artificio, compone cosas que hace verdadero al que dijo: est Deus in nobis”.  

 

La elevada estima que Cervantes tenía de la poesía se manifiesta con exquisita ternura en boca de Don Quijote: “La poesía, señor hidalgo –le dice al Caballero del Verde Gabán–, a mi parecer, es como una doncella tierna y de poca edad, y en todo extremo hermosa, a quien tienen cuidado de enriquecer, pulir y adornar otras muchas doncellas, que son todas las otras ciencias, y ella se ha de servir de todas, y todas se han de autorizar con ella; pero esta tal doncella no quiere ser manoseada, ni traída por las calles, ni publicada por las esquinas de las plazas ni por los rincones de los palacios. Ella es hecha de una alquimia de tal virtud, que quien la sabe tratar la volverá en oro purísimo de inestimable precio”.  

 

El fervor de Cervantes por la poesía de Garcilaso se manifiesta desde la primera de sus obras, la “Elegía a la muerte de Isabel de Valois”, hasta la póstuma del “Persiles”, sin que queden ajenas a esa huella ni “El Quijote” ni las “Comedias” ni las “Novelas ejemplares”. En la mayor parte de las obras de Cervantes hay sitio para alusiones, elogios, tópicos o versos garcilasianos, bien literalmente o en una variada gama de reinterpretaciones.  

 

Algunos de los préstamos llegan a convertirse en verdaderas fórmulas usuales en la producción cervantina, como la expresión “a despecho y pesar”, tomada del quinto verso de la Tercera Égloga garcilasiana (“a despecho y pesar de la fortuna”), que Cervantes repite hasta diecisiete veces en diversas obras, once de ellas en “El Quijote”. (“A despecho y pesar del diligente tiempo”… “A despecho y pesar del importuno/ ambicioso deseo…” “A despecho y pesar del violento curso del tiempo…” “A despecho y pesar de la mesma envidia…” etc.)  

 

El “manso ruido” con el que comienza la Canción III de Garcilaso es también el “manso ruido” que recibe a Don Quijote y Sancho en la aventura de los Batanes.  

 

Sólo en tierra ajena” se sentía Garcilaso en la isla de su destierro en el Danubio, e igualmente “sola y en tierra ajena” se siente Auristela en “Persiles y Sigismunda”. 

 

La verde hierba” que cubre el monte de la Égloga I de Garcilaso, tapiza el capítulo XLIX de “El Quijote”.  

 

Otros muchos términos acuñados por Garcilaso los vemos brillar, reutilizados, en las obras cervantinas:  

 

Por ásperos caminos” (principio y título del soneto IV de Garcilaso, se encuentra dos veces en “La Galatea”). “Tiernos miembros” (del sexto verso del soneto XIII de Garcilaso, aparecen en la Tragedia de Numancia y en La Galatea). “Torcidas raíces” (del soneto XIII, aparece en el capítulo XV de “Persiles y Sigismunda”). “Los reinos del espanto” (del soneto XV, lo repite Cervantes en”El trato de Argel”, con idéntica rima en “canto”). “Airado pecho” (del soneto XVII, se repite cuatro veces: En “La Galatea” tres veces, y una en el capítulo V del “Viaje del Parnaso”). “Ancho campo” (del soneto XVII se repite por Cervantes en el capitulo XXXII de El Quijote). “Alma fatigada” (verso del soneto XVII se encuentra también en La Galatea). “Oh, dulce amigo”, (verso del soneto XIX, se encuentra ocho veces en Cervantes: en la poesía “A los éxtasis de nuestra beata Madre Teresa de Jesús”; en “La tragedia de Numancia”; dos veces en la comedia “La entretenida”; y en la Galatea cuatro veces). “Amarga memoria” (verso del soneto XXIX, se encuentra en “La Galatea”). “Dura mano” (del soneto XXX de Garcilaso, lo vierte Cervantes en la Tragedia de Numancia). “Triste fantasía” (del soneto XXX, en la Tragedia de Numancia, y cinco veces en “La Galatea”). “En tal porfía” (del soneto XXX de Garcilaso, se encuentra cuatro veces en “La Galatea”). “Amoroso pensamiento” (del soneto XXXI se reproduce en “La Tragedia de Numancia”, “El trato de Argel” y cuatro veces en “La Galatea”). “Áspero rigor” (del soneto XXXI, está en “La Tragedia de Numancia”, “El trato de Argel”, “La Galatea” y “El Quijote”). “El furor de Marte” (soneto XXXIII, está en La Galatea). “Antiguo Valor” (soneto XXXIII, en “La Galatea”, libro VI).  

 

Valerosa mano” (del soneto XXXIII, está en “Persiles y Sigismunda” y en la poesía “Madre de los valientes de la guerra”)….  

 

La enumeración podría alargarse casi indefinidamente. Todas ellas son fórmulas expresivas que Cervantes lleva al papel con total naturalidad, en muchos casos quizá ni siquiera consciente de su naturaleza de préstamos garcilasianos.  

 

Las reinterpretaciones que hace Cervantes de versos de Garcilaso no son menos numerosas ni significativas que sus apropiaciones. “La edad ligera” del soneto XXII de Garcilaso se convierte en “La edad, ligera siempre…” en “La Galatea”.  

 

El conocido verso del toledano: “aquella tan amada mi enemiga” encuentra larga proyección en el alcalaíno, llegando a convertir “enemiga” en sinónimo de “amada desdeñosa” en decenas de ocasiones. El mismo Don Quijote llama a Dulcinea: “Amada enemiga mía”. 

 

El primer verso del soneto I de Garcilaso “Cuando me paro a contemplar mi estado”, se reproduce ìntegramente en “El viaje del Parnaso”, aludiendo Cervantes elogiosamente a que dicho verso también lo utiliza su admirado Bartolomé Leonardo de Argensola.  

 

Hay una clara alusión humorística a Garcilaso en el capítulo XLVIII de “El Quijote” cuando éste dice: “ora estés, señora mía, transformada en cebolluda labradora….”, parodiando los garcilasianos versos “agora estéis labrando embebecidas…”  del soneto XI de Garcilaso.  

 

En amoroso fuego todo ardiendo”, del soneto XXIX de Garcilaso, lo digiere Cervantes como: “En amoroso fuego ardiendo” en la comedia “Los baños de Argel”.  

 

“Segundo en nombre y hombre sin segundo” se lee en la canción cervantina sobre “La pérdida de la Armada que fue a Inglaterra”, con eco claro del garcilasiano: “un nombre en todo el mundo / y un grado sin segundo”. 

 

“La amarillez y la flaqueza mía” tiene reminiscencias de la “Canción I ” de Garcilaso: “Si aquella amarillez y los sospiros,/ (…)/ dándome a entender que sin flaqueza…”.  

 

“El aire pisa y mide”, que se lee en “El Viaje del Parnaso”, imita muy de cerca al verso “con inmortales pies pisas y mides” de la Égloga I.  

 

Rendido a mi fortuna”, verso de la “Canción II ”, está en Cervantes en la comedia “El laberinto de amor” como “rendido a su fortuna”.  

 

“Aunque del cercado ajeno/ es la fruta más sabrosa” se lee en la comedia “La gran sultana”, recordando los versos de la Égloga III : “Flérida para mí dulce y sabrosa/ más que la fruta del cercano ajeno”.  

 

Saavedra, personaje casi trasunto del propio Cervantes, dice en “Los tratos de Argel”: “Si el fervor me ayuda/ a verme ante Filipo arrodillado/ mi lengua balbuciente y casi muda/ pienso mover en su real presencia”, versos que son reminiscencias de la Egloga III de Garcilaso (“mas con la lengua muerta y fría en la boca pienso mover la voz a ti debida”) y que se repiten también en la Epístola a Mateo Vázquez.  

 

“Si el bajo son de la zampoña mía” con el que empieza el poema cervantino a Mateo Vázquez, es verso casi literal de otro de Garcilaso: “Al bajo son de mi zampoña ruda”, de la Égloga III. 

 

Algunas veces, las referencias, préstamos y reinterpretaciones consisten en versos completos, otras veces sólo de epítetos, frases o variantes. “La blanca nieve y colorada rosa” de Cervantes tiene reminiscencias de “el blanco lirio y colorada rosa” de Garcilaso. “Oh, más que el cielo hermosa, y para mí más dura que un diamante”, recuerda el célebre “¡oh, más dura que mármol a mis quejas!” garcilasiano, que Cervantes convierte en lugar común, repitiéndolo en El Quijote: Así, Quiteria se muestra con Basilio “más dura que un mármol”…y la bella Altisidora recita el verso entero – Oh, más dura que mármol a tus quejas” cuando se presenta ante Don Quijote. La ilustre fregona es “dura como un mármol” al igual que “estatua de duro mármol” es la Constancia del Persiles.  

 

“Sé lo mejor y lo peor apruebo” recuerda al “y conozco el mejor y el peor apruebo”.  

 

“Ser señora de un alma no aceptaste” dice Cervantes, con eco del “De un alma te desdeñas ser señora”.  

 

“Salgan con la doliente ánima fuera” (en “El Quijote”; Canción de Crisóstomo) es calco de “echa con la doliente ánima fuera” (de la Égloga II ), que antes había sido recogido en La Galatea y en el Persiles.  

 

”Si no estáis en mi daño conjuradas” sigue a “Y con ellas en mi muerte conjuradas”.  

 

“No os pido que vengáis, dulces, sabrosas” es imitación de “Flérida, para mí dulce y sabrosa”.  

 

“Por ásperos caminos voy siguiendo” imita a “por ásperos caminos he llegado”.  

 

Y “la industria de las altas ruedas” no oculta su parentesco con el verso garcilasiano “con artificio de las altas ruedas”.  

 

Pertenecen a la categoría de apropiaciones íntegras versos como: “Estoy muriendo y aún la vida temo”, tomado de la Égloga I y vertido tal cual en La Galatea. 

 

Asimismo, “Oh dulces prendas por mi mal halladas” se encuentra en “ La Guarda Cuidadosa ”, donde dice un soldado: “…tan dulces prendas, por mi mal halladas”, recordando al soneto X de Garcilaso.  

 

Pero Cervantes no se limita a tomar versos sueltos del poeta toledano sino que a veces va más lejos y llega incluso a apropiarse de estrofas enteras. Así ocurre en “El Quijote”, cuando un hermoso mancebo vestido a lo romano recita al son de un arpa ante el túmulo de la doncella Altisidora , canto de dos octavas, una de las cuales está tomada íntegramente de la Egloga III de Garcilaso:  

 

Y aun no se me figura que me toca 

aqueste oficio solamente en vida;  

mas con la lengua muerta y fría en la boca  

pienso mover la voz a ti debida.  

Libre mi alma de su estrecha roca,  

por el estigio lago conducida  

celebrándote irá, y aquel sonido  

hará parar las aguas del olvido.

 

Apropiación que a Don Quijote le parece un plagio en toda regla, a lo que le responde el mozo cantor con desenvoltura: “No se maraville vuestra merced deso, que ya entre los intonsos poetas de nuestra edad se usa que cada uno escriba como quisiere, y hurte de quien quisiere”… 

 

Cervantes, en cierto momento, se cree en la necesidad de justificar sus propias deudas, y escribe: “No ha de ser tenido por ladrón el poeta que hurtare algún verso ajeno y le encajase entre los suyos, como no sea todo el concepto o toda la copla entera, que en tal caso tan ladrón es como Caco”. 

 

Garcilaso no hubiera podido objetar a Cervantes el uso de lo que ahora llamaríamos “intertextualidad”, dado que él mismo fue un imitador asiduo de sus precedentes clásicos. Pero donde Cervantes se destapa como un imitador de Garcilaso hasta un punto de dudosa justificación, es en el poema “A los éxtasis de Nuestra santa Madre Teresa de Jesús”, donde usa, al pie de la letra, en honor de la monja, los versos que Garcilaso escribió en elogio del Virrey de Nápoles en la Égloga I. Dice el toledano a Don Pedro de Toledo: 

 

“Tú, que ganaste obrando

un nombre en todo el mundo  

y un grado sin segundo,  

ahora estés atento, solo y dado…” 

 

Y el alcalaíno repite, sin aparente empacho, refiriéndose a Santa Teresa:  

        

           …”tú, que ganaste obrando 

un nombre en todo el mundo  

y un grado sin segundo,  

ahora estés ante tu Dios postrada…” 

 

Una apropiación literal de cuatro versos que sitúa a Cervantes en la difusa frontera que separa el homenaje devoto y el plagio manifiesto. 

 

Si hay una obra en la que se hacen patentes de manera más nítida los ecos de la admiración cervantina por Garcilaso, hasta el punto de poder ser considerada como un implícito homenaje al poeta toledano, ésta es, sin ninguna duda, “La Galatea”. En esta novela se acumulan más que en ninguna otra obra de Cervantes las citas y alusiones garcilasianas, comenzando por la más obvia y declarada: “Galatea” es el nombre de uno de los personajes de la Égloga I de Garcilaso. Se trata, por lo demás, de una novela de género pastoril ambientada en las riberas del Tajo como la Égloga III. Para mayor abundamiento, el personaje co-protagonista lleva por nombre “Elicio”, claro parónimo de Salicio, personaje también de la Égloga I. No es poco significativo, asimismo, que Cervantes denomine a “La Galatea” ‑obra de género novelístico‑ como “égloga”. 

 

En “La Galatea” hay un pasaje en que la Musa Calíope menciona a Garcilaso y a su amigo Boscán: “Yo soy –dice la Musa– la que en esta patria vuestra tuvo familiar amistad con el agudo Boscán y el famoso Garcilaso”.

 

La admiración de Cervantes por Garcilaso se nos declara también en la relación de autores que la propia Musa Calíope hace de los excelsos poetas que unen la Antigüedad con el presente: La lista comienza con Homero, sigue con Virgilio, Enio, Catulo, Horacio, Petrarca, Dante, Ariosto… y tras éste, sitúa a Garcilaso.

 

Para entender la devoción de Cervantes por Garcilaso hay que partir de la inclinación que Cervantes sentía por el género pastoril. Hoy nos resulta lejano y excesivamente convencional el mundo de las églogas –poblado de ninfas, musas y pastores enamorados–, casi para nosotros tan lejano y convencional como el mundo de los libros de caballerías. Pero, significativamente, mientras Cervantes parodia con sarcasmo las novelas de caballerías, en cambio se toma muy literariamente en serio el mundo garcilasiano-virgiliano del bucolismo. Cabría preguntarse por qué. Y la respuesta nos la ofrece el propio Cervantes, como si hubiera previsto salir al paso de nuestra curiosidad. En el “donoso y grande escrutinio” que el cura y el barbero someten a la biblioteca de Don Quijote, el cura argumenta que no deben ser quemados los libros pastoriles “porque no hacen ni harán el daño que los de caballerías han hecho; que son libros de entretenimiento, sin perjuicio de tercero…”. Y de uno de ellos, “El pastor de Fílida”, decreta que debe guardarse como “joya preciosa”.

 

Tampoco en El Quijote faltan muestras de este gusto cervantino por el género pastoril, inseparablemente unido al mundo poético garcilasiano. El pasaje de Crisóstomo y Marcela no es otra cosa que una novela pastoril incrustada en nada menos que cuatro capítulos de “El Quijote”.

 

En el contexto de una obra realista como “El Quijote” podría pensarse que están fuera de lugar las fantasías convencionales de lo pastoril, pero Cervantes las integra en su relato con una naturalidad tan sorprendente como reveladora de su gusto por el género típicamente garcilasiano. Así, la conversación con los cabreros o la historia de la antojadiza Leandra , en las que no deja de sorprender el melifluo tacto con el que su autor trata a la arcádica fantasía.

 

En el Capítulo L de la Primera Parte de “El Quijote” nos pinta una escena en la que un cabrero les habla a los presentes, y Cervantes nos hace saber que el pastor es observado por su cabra: “Parece que lo entendió la cabra, porque, en sentándose su dueño, se tendió junto a él con mucho sosiego, y, mirándole al rostro, daba a entender que estaba atenta a lo que el cabrero iba diciendo”, evocando así aquellos conocidos versos garcilasianos de la Egloga I : “cuyas ovejas al cantar sabroso / estaban muy atentas, los amores, / de pacer olvidadas, escuchando”.

 

También en la Segunda Parte de “El Quijote” el tema pastoril aparece aquí y allá como un Guadiana que fluyera soterrado a lo largo de todo el texto. Primero, en las bodas de Camacho el rico y Quiteria la hermosa, luego en el episodio de la fingida Arcadia , cuando Don Quijote y Sancho se encuentran con dos zagalas ataviadas de pastoras, que les informan de que un grupo de gente acomodada se ha reunido allí con el fin de revivir “una nueva y pastoril Arcadia”. Las dos zagalas –a las que Don Quijote trata, como no podía ser menos, de “ninfas habitadoras destos prados y bosques”–, les dicen que se proponen representar dos églogas, “una del famoso poeta Garcilaso y otra del excelentísimo Camoens”.

 

Don Quijote vuelve a pasar por aquel lugar días después, cuando regresa derrotado de Barcelona, y, en un arrebato, decide convertirse en pastor arcádico: “Yo compraré algunas ovejas –dice don Quijote a Sancho–, y todas las demás cosas que al pastoral ejercicio son necesarias, y llamándome yo el pastor Quijotiz, y tú el pastor Pancino, nos andaremos por los montes, por las selvas y por los prados, cantando aquí, endechando allí, bebiendo de los líquidos cristales de las fuentes, o ya de los limpios arroyuelos, o de los caudalosos ríos”. Suave parodia en la que, tras la mirada aparentemente risueña sobre los excesos retóricos del género bucólico, hay como un sentimiento de velada nostalgia por el sueño redentor de la utopía arcádica.

En el último capítulo, cuando Don Quijote yace en el lecho aquejado de su mortal enfermedad, el bachiller Sansón Carrasco trata de animarle, y no halla más elocuente argumento que estimularle a tomar el cayado de pastor, diciéndole que ya tiene compuesta una égloga.

 

También Sancho anima a Don Quijote por la misma vía: “Mire, no sea perezoso –le dice–, sino levántese desa cama, y vámonos al campo vestidos de pastores”…

 

Ocho años después de escrito El Quijote, Cervantes vuelve a tocar el tema pastoril en “El coloquio de los perros”. Es éste el único lugar donde se registra cierta acritud respecto a la irrealidad del género pastoril, pero advertimos que no es Cervantes quien habla sino un narrador muy particular: el perro Berganza. Algo así como si Cervantes quisiera decirnos que sólo de un perro pastor podría aceptarse un punto de vista tan estrecho sobre la ensoñada vida de los pastores de Arcadia.

 

En el proceso de búsqueda del concepto que Cervantes tenía de Garcilaso, a veces encontramos la perla en el lugar más inesperado. Así, cuando el Licenciado Vidriera se dispone a pasar a Italia, observamos que de toda su biblioteca sólo escoge para llevar consigo dos libros: uno, el obligado libro religioso; el otro, un “Garcilaso sin comento”.

 

En el “Persiles” escribe Cervantes el que es quizá el más exaltado elogio de cuantos ha recibido la obra de Garcilaso, llegando a comparar la zampoña de Salicio con la lira de Orfeo: Cuando los peregrinos llegan al Tajo, junto a Toledo, Periandro, que había “visto, leído, mirado y admirado las famosas obras del jamás alabado como se debe poeta Garcilaso de la Vega, así como vió al claro río, dijo: No diremos ‘Aquí dio fin a su cantar Salicio’, sino aquí dio principio a su cantar Salicio; aquí sobrepujó en sus églogas a sí mismo; aquí resonó su zampoña, a cuyo son se detuvieron las aguas de este río, no se movieron las hojas de los árboles y, parándose los vientos, dieron lugar a que la admiración de su canto fuese de lengua en lengua y de gentes en gentes por todas las de la Tierra”.

 

Y es el mismo Periadro quien, para definir a la ciudad de Toledo, pronuncia un adjetivo emblemático, tomado directamente del plectro de Garcilaso: “Pesadumbre.

 

Garcilaso había llamado a Toledo “ilustre y clara pesadumbre de antiguos edificios adornada”. Cervantes retoma el enigmático adjetivo ‑“pesadumbre”‑ y reconstruye a su alrededor su propia visión de Toledo: “¡Oh, peñascosa pesadumbre, gloria de España y luz de sus ciudades…!”. La pesadumbre que es “ilustre y clara” en Garcilaso se torna “peñascosa” en Cervantes, pero el epiteto es sugestivamente el mismo: “pesadumbre”. En uno, es pesadumbre de edificios; en otro, pesadumbre de peñascos. Visiones diferentes como corresponden a las diferentes vivencias de ambos autores: Garcilaso pertenece por linaje a la ilustre y clara Toledo; Cervantes es foráneo que observa la ciudad desde el barrio de la bajada del Barco, donde reside en una casa propiedad de su mujer, y tiene ante sí la panorámica del peñascoso acantilado que se precipita al río desde la Ermita del Valle.

 

Alabando Don Quijote el oficio de las armas y ponderando la estrecha senda de la virtud que lleva consigo dicho ejercicio, Don Quijote trae a colación tres versos de la Elegía I de Garcilaso: 

"Por estas asperezas se camina 

de la inmortalidad al alto asiento, 

do nunca arriba quien de allí declina.

 

Estos mismos versos se repiten más adelante, en forma prosificada, como argumento en defensa del oficio de las armas sobre el de los letrados.

 

Cuando Sancho informa a su señor que la sin par Dulcinea se hallaba ahechando trigo tras las bardas de un corral, Don Quijote le exhorta de esta manera: "Mal se te acuerdan a ti, ¡oh, Sancho!, aquellos versos de nuestro poeta donde nos pinta las labores que hacían allá en sus moradas de cristal aquellas cuatro ninfas que del Tajo amado sacaron las cabezas y se sentaron a labrar en el prado verde aquellas ricas telas que allí el ingenioso poeta nos describe, que todas eran de oro, sirgo y perlas…" Un magnífico resumen argumental de la Égloga III de Garcilaso.  

 

Andando el camino, Don Quijote confunde a tres aldeanas con Dulcinea y sus doncellas, y al ser replicado por una de ellas con malos modos, Don Quijote le dice a Sancho: 

 

"–Levántate, Sancho… que ya veo que la Fortuna, de mi mal no harta, tiene tomados los caminos todos por donde pueda venir algún contento a esta ánima mezquina que tengo en las carnes", reciclado de los versos garcilasianos de la Égloga III , “mas la Fortuna, de mi mal no harta” y de la Égloga I : “siempre está en llanto esta ánima mezquina”.

 

Estando alojado Don Quijote en la casa del Caballero del Verde Gabán, viene a tropezar con unas tinajas de El Toboso, que le suscitan la nostalgia por Dulcinea, y entonces al hidalgo manchego se le vienen a la boca, directamente del corazón, los versos de Garcilaso:

 

"–Oh, dulces prendas, por mi mal halladas,

dulces y alegres cuando Dios quería!". 

 

Boscán, el alter ego de Garcilaso, es mencionado cuando Don Quijote asigna los nombres que, como pastores, habrán de llevar el bachiller, el barbero y el cura, afirmando que "el barbero Nicolás se podrá llamar Niculoso, como ya el antiguo Boscán se llamó Nemoroso".

 

Y brota el fino humor cervantino, una vez más, cuando la doncella Altisidora , tras declararse a Don Quijote y recibir de éste un cortés desplante, le recita: 

“¡Oh, más duro que mármol a mis quejas, empedernido caballero!”, verso garcilasiano masculinizado y apostillado por uno de los golpes de humor más finos del inmortal libro.

………………………

               Al igual que esos insectos atrapados en una gota de resina fósil nos sirven para conocer ecosistemas ya extintos, los versos de Garcilaso incrustados en las obras cervantinas nos descubren que en la genial cabeza de Cervantes aleteaban los endecasílabos del poeta de Toledo como un enjambre de acentos y evocaciones poéticas siempre prestas a escapar por la desembocadura de su pluma.   

               Las alusiones a Garcilaso, epítome de toda excelencia poética para Cervantes, y las citas de sus versos, así como las referencias al mundo pastoril que caracterizan al toledano, aparecen en la obra del alcalaíno con una abundancia que sólo cabe interpretar en términos de devoción.    

Cervantes quiso ser poeta como el divino toledano, pero acabó pasando a la historia como el padre de la novela moderna y engendrador de un loco singular que, persiguiendo la justicia por los caminos del mundo, acabó arrancándonos la risa más dolidamente humana.  

 

El postrer proyecto de Don Quijote en el lecho de muerte era hacerse pastor de una nueva Arcadia; el último proyecto de Cervantes, unos días antes de morir, era escribir la segunda parte de su novela pastoril, “La Galatea”. En sus respectivas horas postreras, una cosa tienen en común Don Quijote y Cervantes, y ese algo es el sueño de utopía bucólica que encarna Garcilaso.  

 

La sombra de Garcilaso acompañó a Cervantes permanentemente, como acompañó a Don Quijote, hasta los últimos días de su vida. Garcilaso fue siempre un referente ideal para el desdichado manco (“más versado en desdichas que en versos”, como dijo de sí mismo); el modelo de lo que quiso y no pudo ser.  

 

Las huellas de esta presencia garcilasiana, como hemos visto, pueden rastrearse en su producción como revelación de una devoción que marcó la obra y aún la vida misma de Cervantes. 


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